Entrevista con Peter Singer

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Entrevista con Peter Singer

21:55 14 agosto en Utilitarismo

Peter Singer es conocido sobre todo por su idea de que los animales, muy en particular los grandes simios, son titulares de ciertos derechos humanos, como el derecho a la vida y a no ser torturados. No en vano, su libro de 1975 Liberación animal ha vendido casi medio millón de ejemplares en todo el mundo.

JAVIER SAMPEDRO

Pero Singer es uno de los filósofos contemporáneos más influyentes, y lleva treinta años reflexionando -‘investigando’, prefiere decir él- sobre cualquier asunto ético que tenga o pueda tener una aplicación directa en la vida, un reflejo inquietante en la política, un enemigo agazapado en el prejuicio. Dice: ‘Muchas personas tienen opiniones contundentes sobre mi trabajo, pero pocas han leído realmente alguno de mis libros o artículos’.

Los 27 ensayos y extractos agrupados en Una vida ética (Taurus) son un destilado de sus polémicas tomas de posición sobre la función práctica de la ética, la distribución de la riqueza, las obligaciones morales de los países desarrollados con el Tercer Mundo, la investigación con embriones humanos, la eutanasia, el sufrimiento, la felicidad y hasta un darwinismo para uso de izquierdistas. Todo Singer en cuatrocientas páginas.

Nacido en Melbourne (Australia) en 1946, Peter Singer ocupa desde hace tres años la cátedra Ira W. De Camp de Bioética en el Centro para los Valores Humanos de la Universidad de Princeton (Estados Unidos).

PREGUNTA. El mes pasado saltó a la luz el caso de Sharon Duchesnau y Candace McCullough, dos mujeres homosexuales y sordas de nacimiento que seleccionaron el semen de un donante sordo para que sus hijos lo fueran también. ¿Qué opina de esto?

RESPUESTA. Aunque no apoyo la utilización del peso de la ley para prohibir lo que hicieron Duchesnau y McCullough, creo que actuaron erróneamente. Han privado a sus hijos de una capacidad, la de oír, que casi todo el mundo valora. Ellas aducen que la sordera es sólo una forma distinta de normalidad, pero decir que la capacidad de oír es neutral parece equivocado, puesto que es mejor tener más sentidos que vivir sin ellos. Sin ese sentido, no podemos oír cantar a los pájaros en el bosque, ni la música de Beethoven, ni un grito avisándonos de un peligro. Los adultos pueden, si ése es su deseo, optar por taparse los oídos y utilizar el lenguaje de signos, pero esas madres están eligiendo deliberadamente reducir unas posibilidades que estarían abiertas a sus hijos.

P. La ayuda al Tercer Mundo se justifica a menudo por motivos egoístas: por ejemplo, evitar la migración masiva a los países ricos, abrir nuevos mercados, etcétera. ¿Son buenos tales argumentos? ¿Lo serían, al menos, si diesen resultado?

R. Sí. En este mundo cada día más globalizado, los países ricos tienen buenas razones de tipo egoísta para contribuir de algún modo a erradicar la pobreza. Por supuesto, considero que los ciudadanos de estos países ya deberían sentirse motivados para mitigar la pobreza por la sencilla razón de que al hacerlo pueden, con muy poco sacrificio por su parte, cambiar de un modo radical la vida de unas gentes que de lo contrario pasarían hambre, o verían morir a sus hijos de enfermedades que se pueden prevenir fácilmente con unas medidas sanitarias elementales. Pero lo importante son los resultados; así pues, si de este modo aumentamos las probabilidades de que determinadas personas se decidan a obrar bien, porque al hacerlo salen beneficiadas, no deberíamos dejar de señalar que, efectivamente, ayudar a las naciones menos desarrolladas va en beneficio de los países ricos.

P. ¿Es útil la ayuda humanitaria individual? ¿O no hay nada que podamos hacer, aparte de apoyar una política internacional inteligente?

R. La ayuda individual puede ser muy importante para los que la reciben. Si yo dono, pongamos por caso, 1.000 dólares a Intermón Oxfam, ese dinero puede ser bastante para ayudar a varias familias a salir de la pobreza. Tal vez puedan comprar sus propias herramientas mediante un programa de microcréditos y se hagan unos granjeros y agricultores más competentes; o quizá colaboren entre todos para crear un suministro de agua seguro y fiable donde antes no lo había; o bien podrían contratar con ese dinero a profesionales de la sanidad que proporcionaran a sus hijos los cuidados y medicamentos necesarios para que no mueran cuando contraen una diarrea. Sin duda es fundamental que los Estados se involucren, dada la enormidad de los recursos que tienen a su disposición; pero nosotros, como individuos, no deberíamos considerarnos impotentes.

P. ¿Es peor el dolor para el ser muy consciente que para el menos consciente? ¿O es una especie de magnitud absoluta, independiente de la clase de intelecto que lo sufre?

R. El intelecto ciertamente influye en el modo de experimentar el dolor: en cómo se prevé, cómo se recuerda y, a veces, en cómo lo alivia el pensamiento de que va a ser pasajero, o de que se está soportando por alcanzar un fin superior que hace que merezca la pena. Pero que el dolor sea peor o no cuando afecta a un ser de inteligencia superior siempre dependerá del tipo de dolor de que se trate, así como de las circunstancias en las que se inflige.

P. ¿Hay casos en los que la ética sea aplicable a toda una población, un país, una especie o cualquier otra entidad colectiva?

R. A veces responsabilizamos a las naciones de los actos de sus gobiernos, pero habría que precisarlo más: los verdaderos responsables son las personas que tomaron -o influyeron en- las decisiones de esos gobiernos. Por consiguiente, sería absurdo responsabilizar a todos los estadounidenses de la política de Estados Unidos en Oriente Próximo, ya que muchos se oponen a dicha política. Pero sería todavía más absurdo considerar a todos los afganos responsables de brindar refugio a Osama Bin Laden, porque no se les consultó al respecto.

P. ¿Tiene algún sentido afirmar que la vida humana es mejor, superior o más valiosa que la animal?

R. No tiene sentido decir que la vida de todos y cada uno de los seres humanos sea mejor que la vida de todos y cada uno de los animales no humanos. Porque algunas personas nacen con discapacidades psíquicas irreparables, trágicamente tan graves, en ocasiones, que ni siquiera son capaces de responder a sus madres. La vida de estos seres humanos no es superior o más valiosa que la de los perros, los cerdos o las vacas. Por tanto, sería mejor preguntar: ¿tiene sentido afirmar que la vida de un ser con las características de una persona normal y madura es más valiosa que la de un cerdo, vaca o perro normal y maduro? En este caso sí cabe responder afirmativamente. Es razonable sostener que nuestra vida adquiere valor por nuestra capacidad de planificarla en su conjunto, de educarnos a nosotros mismos, de realizar proyectos a largo plazo y muchas otras cosas que están fuera del alcance de otros seres de menor capacidad intelectual.

P. ¿Por qué muchos gobiernos y profesionales médicos se oponen a la eutanasia?

R. A los políticos les preocupa enfrentarse a la Iglesia católica. Temen perder los votos de los sectores que siguen la línea marcada por la Iglesia, y temen no obtener tampoco los de la mayoría de la gente, que apoya la eutanasia voluntaria pero considera que ése no es un tema por el que tenga que cambiar su voto. De ahí que, cuanto más débil sea la influencia de la Iglesia, más probabilidades tendrá de triunfar el movimiento en pro de la legalización de la eutanasia voluntaria. Por lo que se refiere a los médicos, muchos de ellos practican de hecho la eutanasia, pero lo hacen en secreto. Se encuentran a gusto en esa situación, porque les da más poder sobre el paciente. De algún modo, aún perduran las ideas paternalistas de la generación de médicos anterior. Si se legalizara la eutanasia voluntaria, los pacientes empezarían a reivindicar sus derechos, lo cual no agradaría en absoluto a los sectores de la medicina más conservadores.

P. En materia de medio ambiente, ¿se precisa más legislación o una nueva forma de pensar?

R. Ambas cosas. La legislación es esencial, pero no es eficaz si no tiene apoyo popular. En el plano individual también tenemos que cambiar nuestro sistema de valores y procurar vivir de un modo menos dañino para nuestro planeta, y en concreto para el clima. Debemos pensar en el futuro a largo plazo de nuestros respectivos países y de todo el planeta.

P. ¿Cuál es su postura sobre la investigación con células madre de embriones humanos y la clonación con fines médicos?

R. Los embriones no son seres sensibles. No experimentan dolor. Hay miles de embriones ‘excedentes’ o ‘sobrantes’ de tratamientos de fertilización in vitro que se conservan congelados en tanques de nitrógeno líquido. No tienen futuro, así que ¿por qué no emplearlos en el campo de la investigación? Eso no va a privarles de ningún futuro, pues no lo tienen. Tampoco les causa ningún daño, porque no pueden sentir nada. Es sorprendente que nos preocupe tanto el uso que se pueda dar a esos embriones cuando sin cesar estamos realizando investigaciones que sí provocan dolor y angustia en criaturas mucho más sensibles: los animales de laboratorio. Antes prefiero un experimento con un embrión humano excedente que con una cobaya. Por su parte, no creo que la clonación suscite ningún conflicto moral grave, a menos que lo que se pretenda con ella sea obtener un bebé. Mientras se limite al campo de la investigación médica, no le veo el menor inconveniente.

P. ¿Hay algún límite a partir del cual la medicina debiera renunciar a prolongar la vida, aunque sólo fuese por lo insostenible de los costes?

R. Tal vez los costes sean una buena razón, pero también cuentan la calidad de vida y el consentimiento del paciente. No tiene objeto prolongar una vida sólo porque es la de un ser humano. Si está en un coma irreversible, ¿qué sentido tiene prolongar durante años ese coma? O si padece una demencia profunda, y no habría deseado seguir viviendo en esas condiciones. Pero en cuanto a si existe algún límite definido para dejar de prolongar la vida, la respuesta es no; quiero decir que no se puede hablar de ningún límite sobre el que todo el mundo se muestre de acuerdo. Un aspecto importante es el consentimiento individual, y en ese sentido es muy útil cuando la gente hace declaraciones previas especificando sus deseos para el caso de llegar a encontrarse en una situación, o unas condiciones, en las que ya no puede decidir por sí misma.

P. ¿Ha generado el darwinismo un ‘vacío moral’ de algún tipo? Desde una perspectiva evolucionista, ¿cuál es la fuente de la ética?

R. El darwinismo no ha generado ningún vacío moral, porque en cualquier caso no había ninguna explicación alternativa plausible sobre la fuente de la ética. Las explicaciones de índole religiosa siempre han tropezado con el antiguo problema de que, si queremos decir que Dios es bueno, antes debemos necesariamente disponer de un criterio de bondad independiente por el que juzgar si lo es o no. La fuente de la ética está en nuestra capacidad de sentir simpatía o compasión por otros seres sensibles y de razonar sobre esa situación, de comprender que los demás tienen deseos, necesidades e intereses que son tan importantes para ellos como los nuestros lo son para nosotros.

P. El millonario Steve Forbes juró que congelaría sus donaciones a la Universidad de Princeton hasta que este centro de deshiciera de usted. ¿Por qué?

R. No estoy muy seguro de que valga la pena entrar en eso. Por la época en que me nombraron profesor en Princeton (1999), Forbes aspiraba a salir elegido candidato a la presidencia por el Partido Republicano. En su calidad de miembro de la junta directiva de la Universidad de Princeton, se volvió vulnerable a los ataques por mi nombramiento (al que no se opuso cuando se debatió el tema en la junta). Sospecho que eso es lo que le indujo a atacarme, y a decir que no pensaba donar más dinero a la universidad mientras yo permaneciese en ella. Pero no creo que nadie hiciera mucho caso de esa amenaza.

BABELIA – 11-05-2002